Nací en Barcelona en 1970.
Desde muy pequeña sentí una pasión especial por los caballos y por entender el mundo, conocer nuevas culturas, nuevas formas de hacer las cosas.
Siempre tuve esa actitud de exploradora en busca de nuevas aventuras.
Viajé por todo el mundo durante más de 15 años.
Y me cautivaron especialmente las filosofías orientales.
Hasta que a los 33, de repente y sin previo aviso, sentí con fuerza el instinto de ser madre y volver a mi ciudad natal.
Tengo 2 hijos, ya adultos, que me iluminan los ojos cuando los miro.
Me licencié en ADE y trabajé de directiva más de 20 años en empresas multinacionales.
Mi primera vida, fué como las que ponen en los anuncios: piso con gran terraza en primera línea de mar, coches estupendos, amigos guays, restaurantes caros y vacaciones en lugares exóticos.
Pero a pesar de todo lo conseguido, tenía esa sensación incómoda de que faltaba algo.
Y así llegó la crisis de los 40 y con ella mi segunda vida.
Empecé un proceso de re-conocerme y dejar de buscar fuera, lo que solo podía encontrar dentro. Un proceso donde me quité muchas capas de cebolla, transité un divorcio y solté un trabajo seguro en la ciudad, para empezar a construir un nuevo proyecto de vida más alineado conmigo y con lo que necesitaba realmente en esta nueva etapa.
Una etapa donde siempre estuvieron los caballos y donde entendí que la clave de una vida plena y feliz es la COHERENCIA.
Todo el tiempo que he pasado con los caballos, ha sido revelador.
He podido ver con total claridad, más allá de las apariencias de esos filtros mentales internos e interferencias externas.
Y he podido sentir como la sensibilidad y la fuerza de los caballos también están en mi.
Los caballos muestran con total claridad cómo la vida se retroalimenta continuamente, y lo que pasa dentro, se refleja en lo que pasa fuera, y lo que pasa fuera, siempre tiene un efecto en el interior.
Cuándo quieres transformar tu realidad externa, primero es necesario cambiar el foco hacia tu interior. Conectar con el cuerpo y escuchar tu sentir más auténtico.
Es desde la humildad y la honestidad que encontrarás las respuestas que estás buscando.
Tardé 2 años en encontrar el lugar.
Lo encontré cuando deje de empujar y pude desapegarme del resultado.
La Plana Gran, una finca en el pre-pirineo catalán donde mis caballos podían seguir viviendo libres y al mismo tiempo estar bien comunicada con la civilización.
Era el lugar perfecto, tal cual lo había dibujado en un collage 5 años atrás.
Al principio, me inundó una alegría enorme.
Tuve la certeza de que había llegado a casa.
Pero después, empezó a aflorar un miedo intenso.
Yo era de ciudad.
¿Sería capaz de llevar una finca tan grande yo sola?
¿Cómo podría compaginar esta nueva vida en el campo con los intereses de mis hijos?
Y una vez más los caballos me ayudaron a ver con claridad.
Dakota vino directo hacia mí y puso su cabeza en mi corazón.
Sigue a tu corazón.
Ese simple gesto erizó mi piel, porque en ese instante, pude sentir la certeza de que si podría superar los obstáculos que fueran apareciendo en el camino.
Un anclaje que no olvidaré nunca.
Después llegó un primer año de trabajo intenso
Tuve que aprender una larga lista de nuevas habilidades para vivir en el campo.
Surfeaba en una montaña rusa emocional.
Pero mi motivación era fuerte.
Me levantaba cada mañana con una alegría enorme que afloraba de dentro.
Encontré apoyos, me fui encontrando con personas maravillosas que me ayudaron en el camino.
Pero también tenía esa sensación incómoda de que cuanto más hacía, más quedaba por hacer.
Me preguntaba, los sueños son exigentes, te hacen ir más allá.
Pero, ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo?
Y llegaron años de soltar exigencias y expectativas.
De comprender que los sueños no empiezan ni acaban un día determinado.
Que se construyen y crecen día a día, en paralelo a como tu vas creciendo.
Y así, transitando sueños, llegó mi tercera vida de forma totalmente inesperada.
Pasaron cosas, de esas que suceden externamente, que aparentemente no tienen nada que ver contigo y que te pillan totalmente desprevenida.
Desaparecieron de mi vida 2 personas muy queridas.
Me sentí aplastada por una gran losa de tristeza y rabia, hasta que literalmente me rendí.
Me rendí a la vida.
Y descubrí que cuando aceptas esos momentos de vulnerabilidad, afloran fuerzas extraordinarias y grandes revelaciones.
Todos pasamos por momentos así. Todos.
Aceptarlos no es resignarse. Es dejar de resistirte a lo que ya no es, a lo que ya no puede ser, y tomar acción consciente para darte lo que necesitas y reconstruirse desde otro lugar, más sólido, más auténtico, más alineado.